
Siempre hay un último tren, pero solo lo sabrás cuando ya haya...
Siempre hay un último tren, pero solo lo sabrás cuando ya haya pasado. (Taken with instagram)

Siempre hay un último tren, pero solo lo sabrás cuando ya haya pasado. (Taken with instagram)

Allí convivió con sus demonios. Los dejó atrás, pero olvidó cerrar aquella puerta. (Taken with instagram)

Su manto ya no puede vestirle de misterio, su humedad blanca apagó el fulgor de sus palabras… ¿Para que sirve entonces tan pesado velo?

Por enésima vez, Otoño atizó los cabellos de sus acólitos y borró todas las huellas que se perdían en el camino. “¿Por dónde ha ido?” preguntó él.

Padecía el síndrome de Diógenes de los recuerdos. Incapaz de soportar un día más su pesada carga, decidió quemarla.

Vive bajo tierra, pero emerge con las lágrimas del cielo.

A veces, cuando el viento detiene su burla, es posible oír su llanto: “¡Siéntate!” implora. Más solo responde el desgarrador eco del silencio.

Que dejen de palidecer los atardeceres, que regresen las hojas a las ramas y se lleve la tierra el aroma de sus lágrimas.

Repudiado por sus hermanos permanece impávido el guardián del mundo invisible. Sus mil plumas no ofrecerán cuartel al otoño y sus secuaces.

De pies pesados y caparazón duro, se desliza esquivando tridentes y salvando abismos… Sin más esperanza que alcanzar tu cielo. (Taken with instagram)

Ya escuchaste el mudo gemido. No anda lejos el monstruo entre monstruos, el devorador de recuerdos.

El Otoño conspira a mi lado. Me sirvo de su aliento para arrojar todas las hojas, cuán botellas en un mar de deseo.